¿Sabías que la magnitud de la desaparición en Colombia supera ampliamente la de las dictaduras del Cono Sur?
Mientras en Argentina se estiman alrededor de 30.000 personas desaparecidas y en Chile cerca de 3.000, en Colombia la cifra asciende hoy a más de 136.000. Si se lograra hacer una entrega digna por día, el proceso tomaría más de 100 años.
Esta dimensión no solo evidencia la profundidad del conflicto armado, sino también la importancia de la labor humanitaria que implica la búsqueda de personas desaparecidas.
Por eso, este micrositio web sirve como un espacio de memoria, pedagogía y circulación que amplifica los procesos y aprendizajes de la Escuela de Comunicación popular y búsqueda de personas desaparecidas del Meta.
Por un lado, es como una memoria viva donde se guardan todos los contenidos que han creado jóvenes y personas buscadoras durante la escuela. Es una forma de que esas historias no se pierdan y puedan seguir siendo vistas, escuchadas y sentidas.
También sirve para acercar a más gente a esta realidad. Muchas personas, sobre todo en las ciudades, no conocen de cerca lo que significa la desaparición forzada.
¿Y qué tiene que ver la comunicación con la búsqueda?
En un escenario donde conviven quienes han sufrido la desaparición de sus familiares y quienes hoy conocen esas historias como relatos lejanos, la comunicación se convierte en una herramienta para unir puentes de entendimiento, dignificar la memoria, promover el diálogo y evitar la indiferencia.
En los diversos encuentros, realizados en Vista Hermosa, Mesetas y Villavicencio, se han construido colectivamente varios productos comunicativos, los cuales son fundamentales para visibilizar porque estos no son únicamente piezas narrativas, sino herramientas pedagógicas y de memoria construidas desde el territorio. En un departamento como el Meta, altamente afectado por la desaparición forzada, amplificar estas voces contribuye a mantener vigente el derecho a la búsqueda y a contrarrestar la indiferencia social frente a este crimen.
La circulación de estos contenidos permite que las historias de las personas desaparecidas y de quienes las buscan trasciendan los espacios organizativos y lleguen a nuevas generaciones y audiencias urbanas, muchas veces distantes de esta realidad. De este modo, la comunicación se convierte en un puente entre memorias vividas y memorias heredadas, fortaleciendo el diálogo intergeneracional y promoviendo una comprensión más amplia del impacto de la desaparición forzada.
En los diversos encuentros, realizados en Vista Hermosa, Mesetas y Villavicencio, se han construido colectivamente varios productos comunicativos, los cuales son fundamentales para visibilizar porque estos no son únicamente piezas narrativas, sino herramientas pedagógicas y de memoria construidas desde el territorio. En un departamento como el Meta, altamente afectado por la desaparición forzada, amplificar estas voces contribuye a mantener vigente el derecho a la búsqueda y a contrarrestar la indiferencia social frente a este crimen.
La circulación de estos contenidos permite que las historias de las personas desaparecidas y de quienes las buscan trasciendan los espacios organizativos y lleguen a nuevas generaciones y audiencias urbanas, muchas veces distantes de esta realidad. De este modo, la comunicación se convierte en un puente entre memorias vividas y memorias heredadas, fortaleciendo el diálogo intergeneracional y promoviendo una comprensión más amplia del impacto de la desaparición forzada.


Comunicar sin revictimizar
Visibilizar estos contenidos no es solo una forma de mostrar lo que se ha hecho en la Escuela. También es una oportunidad para reconocer a los y las jóvenes rurales como voces legítimas de su territorio, y para entender la comunicación como un camino para la paz, la memoria y la dignidad de las víctimas.
Pero contar estas historias también implica un ejercicio de cuidado.
Hablar de la desaparición forzada no puede quedarse únicamente en el dolor o la pérdida. Detrás de cada historia hay también fuerza, resistencia y procesos de lucha que merecen ser contados con respeto. Cuando solo se repiten escenas dolorosas o testimonios sensibles, sin contexto o sin el consentimiento claro de quienes participan, se corre el riesgo de reducir estas vidas a su sufrimiento.
En un mundo donde muchas veces se busca impactar rápido (con imágenes fuertes o datos alarmantes) es importante detenerse y preguntarse cómo estamos contando lo sucedido. La desaparición no puede convertirse en un recurso para llamar la atención. Es una realidad dolorosa que nunca debió existir, que necesita ser comprendida en su contexto y en toda su dimensión humana.
También es clave cuidar el sentido de estas historias. No se trata de usarlas para mostrar resultados o fortalecer imágenes institucionales, sino de respetar los procesos del territorio y poner en el centro a las personas, sus voces y sus decisiones.
Por eso, más que una serie de reglas, se trata de comunicar desde el respeto, escuchar antes de contar, pedir consentimiento, dar contexto y construir las historias junto a quienes las viven.
Pero contar estas historias también implica un ejercicio de cuidado.
Hablar de la desaparición forzada no puede quedarse únicamente en el dolor o la pérdida. Detrás de cada historia hay también fuerza, resistencia y procesos de lucha que merecen ser contados con respeto. Cuando solo se repiten escenas dolorosas o testimonios sensibles, sin contexto o sin el consentimiento claro de quienes participan, se corre el riesgo de reducir estas vidas a su sufrimiento.
En un mundo donde muchas veces se busca impactar rápido (con imágenes fuertes o datos alarmantes) es importante detenerse y preguntarse cómo estamos contando lo sucedido. La desaparición no puede convertirse en un recurso para llamar la atención. Es una realidad dolorosa que nunca debió existir, que necesita ser comprendida en su contexto y en toda su dimensión humana.
También es clave cuidar el sentido de estas historias. No se trata de usarlas para mostrar resultados o fortalecer imágenes institucionales, sino de respetar los procesos del territorio y poner en el centro a las personas, sus voces y sus decisiones.
Por eso, más que una serie de reglas, se trata de comunicar desde el respeto, escuchar antes de contar, pedir consentimiento, dar contexto y construir las historias junto a quienes las viven.
Más que cifras
En Colombia, más de 135.000 personas han sido dadas por desaparecidas en el marco del conflicto armado, según el portal de datos de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas – UBPD. Detrás de esta cifra hay décadas de violencia en las que miles de personas fueron arrancadas de sus hogares, ocultadas en ríos, montañas y territorios donde la guerra intentó borrar todo rastro de su existencia.
El departamento del Meta refleja con fuerza esa realidad: más de 9.200 personas han sido desaparecidas, ubicándolo como el segundo en el país con mayor número de casos. Municipios atravesados por el conflicto vivieron desapariciones sistemáticas que dejaron comunidades enteras marcadas por la incertidumbre, el silencio y la búsqueda constante.
Fue justamente la magnitud de esta tragedia, y la deuda histórica con las víctimas, lo que llevó a la creación de la UBPD, en el marco del Acuerdo de Paz. Su labor es humanitaria y extrajudicial, por lo que su misión es buscar a quienes faltan y aliviar, en alguna medida, el sufrimiento de sus familias. En ese camino, la entidad busca a todas las personas desaparecidas sin ningún tipo de distinción, reconociendo el mismo valor en cada vida, sin importar su origen, rol en el conflicto o las circunstancias de su desaparición.
Para lograrlo, la UBPD recoge y analiza información, construye rutas de búsqueda, coordina acciones en los territorios y trabaja de la mano con las familias y organizaciones sociales. Su labor incluye la localización de sitios de interés, la recuperación de cuerpos cuando es posible y la entrega digna a sus seres queridos. Pero también implica escuchar, acompañar y reconocer a quienes han sostenido la búsqueda durante años. Más que encontrar respuestas, su trabajo busca abrir caminos para la verdad y aportar a que las familias puedan, al menos, acercarse a un cierre.
El departamento del Meta refleja con fuerza esa realidad: más de 9.200 personas han sido desaparecidas, ubicándolo como el segundo en el país con mayor número de casos. Municipios atravesados por el conflicto vivieron desapariciones sistemáticas que dejaron comunidades enteras marcadas por la incertidumbre, el silencio y la búsqueda constante.
Fue justamente la magnitud de esta tragedia, y la deuda histórica con las víctimas, lo que llevó a la creación de la UBPD, en el marco del Acuerdo de Paz. Su labor es humanitaria y extrajudicial, por lo que su misión es buscar a quienes faltan y aliviar, en alguna medida, el sufrimiento de sus familias. En ese camino, la entidad busca a todas las personas desaparecidas sin ningún tipo de distinción, reconociendo el mismo valor en cada vida, sin importar su origen, rol en el conflicto o las circunstancias de su desaparición.
Para lograrlo, la UBPD recoge y analiza información, construye rutas de búsqueda, coordina acciones en los territorios y trabaja de la mano con las familias y organizaciones sociales. Su labor incluye la localización de sitios de interés, la recuperación de cuerpos cuando es posible y la entrega digna a sus seres queridos. Pero también implica escuchar, acompañar y reconocer a quienes han sostenido la búsqueda durante años. Más que encontrar respuestas, su trabajo busca abrir caminos para la verdad y aportar a que las familias puedan, al menos, acercarse a un cierre.


El periodismo para la memoria
Sin embargo, garantizar el derecho a la búsqueda no es solo tarea de una entidad (como la UBPD). Requiere del compromiso de la sociedad, de los territorios y también de la manera en que contamos estas historias.
Porque más allá de las cifras, cada persona desaparecida tenía una vida, sueños, afectos, proyectos. Y hay familias que aún esperan, que no han dejado de preguntar: ¿dónde están?, que siguen buscando incluso después de años o décadas.
En ese camino, la comunicación y el periodismo tienen un papel fundamental. No solo para informar, sino para humanizar, para romper la indiferencia y para contar lo que durante mucho tiempo se intentó silenciar en un país que, en medio de más de 60 años de conflicto, se acostumbró a la violencia.
Visibilizar el trabajo de la UBPD permite dimensionar tanto los avances como los enormes retos de buscar en geografías complejas y en medio de historias fragmentadas. También permite reconocer que, en algunos casos, esa búsqueda ha logrado lo impensable: reencontrar a personas con vida, devolviendo a sus familias la posibilidad de un abrazo después de años de ausencia.
Pero más allá de lo institucional, las historias de quienes buscan siguen siendo el corazón de este proceso. Personas que, desde el arte, la comunicación o la organización social, han sostenido durante años una búsqueda incansable, muchas veces sin apoyo, sin respuestas y enfrentando el dolor y el estigma.
Contar estas historias -desde la crónica, la investigación o narrativas más sensibles y creativas- también permite visibilizar otros actores, como firmantes de paz que hoy aportan a la búsqueda, o procesos que ayudan a esclarecer lo ocurrido y a dignificar la memoria de las víctimas.
Porque en muchos casos, además de la desaparición, hubo señalamientos que intentaron justificar lo injustificable. Por eso, cuando la verdad se cuenta con rigor y logra circular, también se convierte en una forma de reparación.
Hablar de desaparición forzada es, entonces, hablar de memoria, de verdad y de humanidad. Es recordar que estas no son solo cifras: son ausencias que siguen presentes y una búsqueda que aún no termina.
Y así hay muchos casos que cobran especial importancia cuando logran posicionarse en las agendas mediáticas y la opinión pública. Sin embargo, los procesos de comunicación y periodismo tienen un gran reto en este país ya que la información no circula de manera equitativa.
En Colombia, una gran parte de los medios tradicionales está concentrada en pocos grupos económicos, lo que influye en qué historias se cuentan, cuáles se priorizan y cuáles quedan por fuera.
La investigación “Estudio sobre los efectos de las presiones de los grupos económicos en la agenda informativa: una mirada a la concentración de medios en Colombia” de Germán Caballero, afirma que hay una gran influencia de los grupos económicos de cabecera sobre los medios de comunicación, en cómo se construye su agenda informativa, lo que conlleva a que la labor de los periodistas esté subordinada a los intereses económicos de los conglomerados económicos y cualquier actor que patrocine al medio.
Son ocho los grupos económicos colombianos que reúnen el 78% de audiencia en las cuatro principales plataformas de los medios, es decir, radio, televisión, prensa, y web de los que el grupo Santo Domingo-Valorem y el grupo Ardila Lülle concentran el 19% y 28.7%, según el proyecto Monitoreo de Medios en Colombia.
Ese mismo proyecto señala que pese a que Colombia posee más de doscientas emisoras de radio, más de cincuenta canales de televisión y más de cincuenta periódicos, sólo dos cadenas de televisión abierta de carácter privado (Caracol y RCN), dos periódicos de circulación nacional (El Espectador y El Tiempo) y dos cadenas radiales (Caracol Radio y RCN Radio) concentran más del 90% de las audiencias.
Eso sin contar la forma en la que los medios se sostienen. “Muchos medios dependen económicamente y en gran medida de esos recursos de publicidad, que se asignan sin reglas de juego claras y desviándose del propósito que tienen”, mencionó Jonathan Bock, director de la Fundación para la Libertad de Prensa en Colombia (FLIP) a LatAm Journalism Review (LJR).
Según Bock, si se restringen los recursos de publicidad oficial que brinda el Estado, eso afectaría la economía del 50% o 60% de los medios colombianos. Y aun así quienes se dedican al periodismo viven con la mayor precariedad. Por ejemplo, la investigación ‘Desiertos de noticias locales’, de la Fundación Gabo, menciona que en Granada, Meta, la mayoría de las y los periodistas se vinculan de manera informal a través de acuerdos verbales o trabajo voluntario sin remuneración.
A esto se suma la existencia de amplias zonas del país que son consideradas desiertos informativos, donde el acceso a información local es limitado o casi inexistente. Muchos territorios, especialmente rurales, no tienen medios propios o cuentan con coberturas muy reducidas que están en un contexto complejo donde persisten las dinámicas del conflicto armado, lo que profundiza el desconocimiento sobre realidades como la desaparición forzada.
Según la Fundación Gabo, en Colombia la censura y la autocensura son prácticas frecuentes entre periodistas locales, especialmente en territorios marcados por la precariedad y la presencia de actores armados. En estos contextos, muchos comunicadores y comunicadoras optan por restringir o silenciar ciertos temas para proteger su vida y la de sus familias, así como para asegurar la continuidad de sus proyectos periodísticos.
Así, las historias de las víctimas, de las personas buscadoras y de los territorios más afectados suelen quedar relegadas o aparecer de forma fragmentada, sin contexto o sin continuidad. Esto no solo limita la comprensión de lo que ha ocurrido, sino que también debilita la empatía y el compromiso social frente a la búsqueda.
Ante este panorama, los medios de comunicación alternativa, popular y los colectivos de comunicación han cobrado una fuerza fundamental. Desde los territorios, han asumido la tarea de narrar lo que otros no cuentan, de amplificar voces históricamente silenciadas y de construir relatos más cercanos, sensibles y contextualizados. Más allá de informar, tejen memoria, fortalecen procesos organizativos y abren espacios para el diálogo.
Es justamente desde estas apuestas donde la comunicación deja de ser solo un ejercicio informativo y se convierte en una herramienta para la dignificación, la participación y la construcción de paz. Y es en este camino donde cobra sentido la experiencia del Meta, un territorio donde, a pesar de las dificultades, han surgido procesos que buscan contar, desde adentro, las historias de la búsqueda.
Porque más allá de las cifras, cada persona desaparecida tenía una vida, sueños, afectos, proyectos. Y hay familias que aún esperan, que no han dejado de preguntar: ¿dónde están?, que siguen buscando incluso después de años o décadas.
En ese camino, la comunicación y el periodismo tienen un papel fundamental. No solo para informar, sino para humanizar, para romper la indiferencia y para contar lo que durante mucho tiempo se intentó silenciar en un país que, en medio de más de 60 años de conflicto, se acostumbró a la violencia.
Visibilizar el trabajo de la UBPD permite dimensionar tanto los avances como los enormes retos de buscar en geografías complejas y en medio de historias fragmentadas. También permite reconocer que, en algunos casos, esa búsqueda ha logrado lo impensable: reencontrar a personas con vida, devolviendo a sus familias la posibilidad de un abrazo después de años de ausencia.
Pero más allá de lo institucional, las historias de quienes buscan siguen siendo el corazón de este proceso. Personas que, desde el arte, la comunicación o la organización social, han sostenido durante años una búsqueda incansable, muchas veces sin apoyo, sin respuestas y enfrentando el dolor y el estigma.
Contar estas historias -desde la crónica, la investigación o narrativas más sensibles y creativas- también permite visibilizar otros actores, como firmantes de paz que hoy aportan a la búsqueda, o procesos que ayudan a esclarecer lo ocurrido y a dignificar la memoria de las víctimas.
Porque en muchos casos, además de la desaparición, hubo señalamientos que intentaron justificar lo injustificable. Por eso, cuando la verdad se cuenta con rigor y logra circular, también se convierte en una forma de reparación.
Hablar de desaparición forzada es, entonces, hablar de memoria, de verdad y de humanidad. Es recordar que estas no son solo cifras: son ausencias que siguen presentes y una búsqueda que aún no termina.
Y así hay muchos casos que cobran especial importancia cuando logran posicionarse en las agendas mediáticas y la opinión pública. Sin embargo, los procesos de comunicación y periodismo tienen un gran reto en este país ya que la información no circula de manera equitativa.
En Colombia, una gran parte de los medios tradicionales está concentrada en pocos grupos económicos, lo que influye en qué historias se cuentan, cuáles se priorizan y cuáles quedan por fuera.
La investigación “Estudio sobre los efectos de las presiones de los grupos económicos en la agenda informativa: una mirada a la concentración de medios en Colombia” de Germán Caballero, afirma que hay una gran influencia de los grupos económicos de cabecera sobre los medios de comunicación, en cómo se construye su agenda informativa, lo que conlleva a que la labor de los periodistas esté subordinada a los intereses económicos de los conglomerados económicos y cualquier actor que patrocine al medio.
Son ocho los grupos económicos colombianos que reúnen el 78% de audiencia en las cuatro principales plataformas de los medios, es decir, radio, televisión, prensa, y web de los que el grupo Santo Domingo-Valorem y el grupo Ardila Lülle concentran el 19% y 28.7%, según el proyecto Monitoreo de Medios en Colombia.
Ese mismo proyecto señala que pese a que Colombia posee más de doscientas emisoras de radio, más de cincuenta canales de televisión y más de cincuenta periódicos, sólo dos cadenas de televisión abierta de carácter privado (Caracol y RCN), dos periódicos de circulación nacional (El Espectador y El Tiempo) y dos cadenas radiales (Caracol Radio y RCN Radio) concentran más del 90% de las audiencias.
Eso sin contar la forma en la que los medios se sostienen. “Muchos medios dependen económicamente y en gran medida de esos recursos de publicidad, que se asignan sin reglas de juego claras y desviándose del propósito que tienen”, mencionó Jonathan Bock, director de la Fundación para la Libertad de Prensa en Colombia (FLIP) a LatAm Journalism Review (LJR).
Según Bock, si se restringen los recursos de publicidad oficial que brinda el Estado, eso afectaría la economía del 50% o 60% de los medios colombianos. Y aun así quienes se dedican al periodismo viven con la mayor precariedad. Por ejemplo, la investigación ‘Desiertos de noticias locales’, de la Fundación Gabo, menciona que en Granada, Meta, la mayoría de las y los periodistas se vinculan de manera informal a través de acuerdos verbales o trabajo voluntario sin remuneración.
A esto se suma la existencia de amplias zonas del país que son consideradas desiertos informativos, donde el acceso a información local es limitado o casi inexistente. Muchos territorios, especialmente rurales, no tienen medios propios o cuentan con coberturas muy reducidas que están en un contexto complejo donde persisten las dinámicas del conflicto armado, lo que profundiza el desconocimiento sobre realidades como la desaparición forzada.
Según la Fundación Gabo, en Colombia la censura y la autocensura son prácticas frecuentes entre periodistas locales, especialmente en territorios marcados por la precariedad y la presencia de actores armados. En estos contextos, muchos comunicadores y comunicadoras optan por restringir o silenciar ciertos temas para proteger su vida y la de sus familias, así como para asegurar la continuidad de sus proyectos periodísticos.
Así, las historias de las víctimas, de las personas buscadoras y de los territorios más afectados suelen quedar relegadas o aparecer de forma fragmentada, sin contexto o sin continuidad. Esto no solo limita la comprensión de lo que ha ocurrido, sino que también debilita la empatía y el compromiso social frente a la búsqueda.
Ante este panorama, los medios de comunicación alternativa, popular y los colectivos de comunicación han cobrado una fuerza fundamental. Desde los territorios, han asumido la tarea de narrar lo que otros no cuentan, de amplificar voces históricamente silenciadas y de construir relatos más cercanos, sensibles y contextualizados. Más allá de informar, tejen memoria, fortalecen procesos organizativos y abren espacios para el diálogo.
Es justamente desde estas apuestas donde la comunicación deja de ser solo un ejercicio informativo y se convierte en una herramienta para la dignificación, la participación y la construcción de paz. Y es en este camino donde cobra sentido la experiencia del Meta, un territorio donde, a pesar de las dificultades, han surgido procesos que buscan contar, desde adentro, las historias de la búsqueda.
¿Quiénes hicieron parte de la escuela?
La Escuela se configuró como un espacio de encuentro intergeneracional, donde jóvenes vinculados a procesos de creación audiovisual dialogaron y compartieron saberes con líderes y lideresas de organizaciones sociales, así como con representantes de instituciones. Este intercambio permitió tejer aprendizajes en torno a la comunicación con enfoque en derechos humanos y a los procesos de búsqueda, fortaleciendo miradas diversas desde la experiencia, la práctica y el territorio.
Estas son las organizaciones que se vincularon a la escuela:
Estas son las organizaciones que se vincularon a la escuela:
Emisora de Paz de Mesetas (Radio Nacional):
La Emisora de Paz de Mesetas, parte de Radio Nacional de Colombia, es un medio público creado en el marco del Acuerdo de Paz con el propósito de acompañar a las comunidades en la construcción de nuevas narrativas tras décadas de conflicto armado. Ubicada en uno de los municipios más afectados por la guerra en el Meta, la emisora se ha consolidado como un espacio cercano, donde las voces del territorio encuentran un lugar para expresarse, informarse y reconocerse.
Este espacio radial se enfoca en visibilizar historias de vida, procesos comunitarios, iniciativas culturales y apuestas por la reconciliación. A través de sus contenidos, promueve el diálogo, la memoria y la participación, contribuyendo a que las comunidades puedan narrarse desde sus propias experiencias, lejos de los estigmas que históricamente han marcado la región.
La Emisora de Paz de Mesetas también cumple un papel formativo, abriendo sus micrófonos a jóvenes, colectivos y organizaciones que ven en la radio una herramienta para contar, aprender y construir tejido social. En este sentido, se convierte en un puente entre la comunicación pública y la comunicación comunitaria, fortaleciendo capacidades locales y aportando a la consolidación de una cultura de paz en el territorio.
Este espacio radial se enfoca en visibilizar historias de vida, procesos comunitarios, iniciativas culturales y apuestas por la reconciliación. A través de sus contenidos, promueve el diálogo, la memoria y la participación, contribuyendo a que las comunidades puedan narrarse desde sus propias experiencias, lejos de los estigmas que históricamente han marcado la región.
La Emisora de Paz de Mesetas también cumple un papel formativo, abriendo sus micrófonos a jóvenes, colectivos y organizaciones que ven en la radio una herramienta para contar, aprender y construir tejido social. En este sentido, se convierte en un puente entre la comunicación pública y la comunicación comunitaria, fortaleciendo capacidades locales y aportando a la consolidación de una cultura de paz en el territorio.
Experiencia en el departamento
del Meta
Escuela de Comunicación Popular y Búsqueda en el Meta.
En el departamento del Meta, la búsqueda de personas dadas por desaparecidas representa uno de los desafíos más urgentes para la construcción de paz. De acuerdo con la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, este territorio registra una de las cifras más altas del país, con 11.060 personas desaparecidas, lo que evidencia la necesidad de fortalecer procesos colectivos que involucren a diversos actores de la sociedad civil.
En este contexto nace la Escuela de Comunicación Popular y Búsqueda en el Meta una iniciativa de memoria cocreada que surge del diálogo y la articulación entre diversas organizaciones sociales y procesos territoriales. Ha contado con el apoyo de la GIZ y la UBPD, y ha sido liderada por El Cuarto Mosquetero.
A través de espacios pedagógicos y encuentros intergeneracionales, la Escuela vincula la comunicación con el derecho a la búsqueda, promoviendo el intercambio de saberes entre jóvenes del sur del Meta —integrantes del Festival Itinerante de Cine Comunitario Güejari— y organizaciones como el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado Capítulo Meta, el Colectivo Sociojurídico Orlando Fals Borda y la Fundación DHOC, junto a personas buscadoras de los municipios de Vista Hermosa, Mesetas, Puerto Lleras, Puerto Concordia y Villavicencio.
En este contexto nace la Escuela de Comunicación Popular y Búsqueda en el Meta una iniciativa de memoria cocreada que surge del diálogo y la articulación entre diversas organizaciones sociales y procesos territoriales. Ha contado con el apoyo de la GIZ y la UBPD, y ha sido liderada por El Cuarto Mosquetero.
A través de espacios pedagógicos y encuentros intergeneracionales, la Escuela vincula la comunicación con el derecho a la búsqueda, promoviendo el intercambio de saberes entre jóvenes del sur del Meta —integrantes del Festival Itinerante de Cine Comunitario Güejari— y organizaciones como el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado Capítulo Meta, el Colectivo Sociojurídico Orlando Fals Borda y la Fundación DHOC, junto a personas buscadoras de los municipios de Vista Hermosa, Mesetas, Puerto Lleras, Puerto Concordia y Villavicencio.
Escuela de Comunicación Popular y Búsqueda en el Meta.
Encuentros Virtuales:
Narrativas audiovisuales y fotográficas alrededor de la búsqueda
Este espacio, liderado por Juan Carlos Henao, profesional en Comunicaciones y Pedagogía de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, se desarrolló en modalidad virtual como un escenario de reflexión y aprendizaje en torno al papel de las narrativas audiovisuales y fotográficas en los procesos de búsqueda.
Durante el encuentro se compartieron experiencias y referentes tanto nacionales como internacionales que han contribuido a visibilizar la desaparición y acompañar la búsqueda desde la comunicación. Asimismo, se abordaron los alcances e impactos de los cubrimientos audiovisuales, resaltando su potencial para amplificar voces y dignificar las memorias.
El espacio también hizo énfasis en la ética del registro, brindando recomendaciones para el cuidado en la producción y circulación de contenidos: evitar acciones con daño, reconocer los riesgos asociados al uso del material y promover prácticas responsables que respeten a las personas buscadoras y sus procesos.
Durante el encuentro se compartieron experiencias y referentes tanto nacionales como internacionales que han contribuido a visibilizar la desaparición y acompañar la búsqueda desde la comunicación. Asimismo, se abordaron los alcances e impactos de los cubrimientos audiovisuales, resaltando su potencial para amplificar voces y dignificar las memorias.
El espacio también hizo énfasis en la ética del registro, brindando recomendaciones para el cuidado en la producción y circulación de contenidos: evitar acciones con daño, reconocer los riesgos asociados al uso del material y promover prácticas responsables que respeten a las personas buscadoras y sus procesos.
Cátedra de desaparición y búsqueda Universidad Nacional de Colombia
El 27 de marzo fuimos invitadas a la séptima sesión de la cátedra, un esfuerzo conjunto de la Universidad Nacional de Colombia y la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, orientado a reconocer que la búsqueda no es únicamente un proceso operativo, sino un camino profundamente ligado a la memoria, la dignidad y el reconocimiento de las personas afectadas por la desaparición.
En esta sesión se reflexionó sobre el papel fundamental de los espacios educativos en la construcción de memoria. Fue también un escenario para socializar avances, intercambiar aprendizajes y tejer vínculos con otras personas y procesos que trabajan en la relación entre comunicación y búsqueda.
Durante el encuentro se conocieron experiencias como la de Martha Andrade, fundadora del Museo Recuerdos de mi Wayco e integrante de la Asociación de Mujeres Buscadoras ASISUV, así como la de Magali Pinilla, investigadora en estudios de la memoria y magíster en Estudios Sociales de la Universidad Pedagógica Nacional.
Además, se abordaron las formas de comunicar desde un enfoque humanitario, destacando la importancia de narrativas que dignifiquen, cuiden y amplíen la comprensión de la búsqueda en la sociedad.
En este espacio participamos las organizaciones que hicimos posible la Escuela de Comunicación Popular y Búsqueda en el departamento del Meta, fortaleciendo así una red de trabajo colaborativo en torno a la memoria y la búsqueda.
Aquí conoce la experiencia completa.
El 27 de marzo fuimos invitadas a la séptima sesión de la cátedra, un esfuerzo conjunto de la Universidad Nacional de Colombia y la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, orientado a reconocer que la búsqueda no es únicamente un proceso operativo, sino un camino profundamente ligado a la memoria, la dignidad y el reconocimiento de las personas afectadas por la desaparición.
En esta sesión se reflexionó sobre el papel fundamental de los espacios educativos en la construcción de memoria. Fue también un escenario para socializar avances, intercambiar aprendizajes y tejer vínculos con otras personas y procesos que trabajan en la relación entre comunicación y búsqueda.
Durante el encuentro se conocieron experiencias como la de Martha Andrade, fundadora del Museo Recuerdos de mi Wayco e integrante de la Asociación de Mujeres Buscadoras ASISUV, así como la de Magali Pinilla, investigadora en estudios de la memoria y magíster en Estudios Sociales de la Universidad Pedagógica Nacional.
Además, se abordaron las formas de comunicar desde un enfoque humanitario, destacando la importancia de narrativas que dignifiquen, cuiden y amplíen la comprensión de la búsqueda en la sociedad.
En este espacio participamos las organizaciones que hicimos posible la Escuela de Comunicación Popular y Búsqueda en el departamento del Meta, fortaleciendo así una red de trabajo colaborativo en torno a la memoria y la búsqueda.
Aquí conoce la experiencia completa.
Búsqueda a la Inversa: Las personas desaparecidas también buscan a sus familias
La búsqueda a la inversa surge como una respuesta a los límites de los enfoques tradicionales de búsqueda, especialmente en contextos donde la información sobre las personas desaparecidas es escasa o fragmentada. Ante la existencia de numerosos cuerpos no identificados en cementerios o instituciones, este enfoque propone invertir la lógica, concluyendo que en lugar de partir únicamente de la persona desaparecida para intentar ubicarla, se inicia desde los cuerpos no identificados para reconstruir su identidad y, a partir de allí, encontrar a sus familias.
En este sentido, la búsqueda a la inversa es una metodología humanitaria que combina herramientas forenses, documentales y testimoniales para cruzar información y avanzar en la identificación de personas dadas por desaparecidas. Este proceso permite devolver el nombre a quienes permanecen en el anonimato y abrir caminos de respuesta para sus familiares, dignificando tanto a las víctimas como a sus historias.
En su desarrollo participan múltiples actores como la UBPD, entidades forenses, organizaciones sociales y, de manera fundamental, las familias y personas buscadoras, quienes aportan información clave y sostienen los procesos de memoria. Organizaciones como la COFB también han contribuido a fortalecer este enfoque desde el acompañamiento a víctimas y la documentación de casos. Puedes conocer más sobre su trabajo aquí: https://cofb.org.co/
En este sentido, la búsqueda a la inversa es una metodología humanitaria que combina herramientas forenses, documentales y testimoniales para cruzar información y avanzar en la identificación de personas dadas por desaparecidas. Este proceso permite devolver el nombre a quienes permanecen en el anonimato y abrir caminos de respuesta para sus familiares, dignificando tanto a las víctimas como a sus historias.
En su desarrollo participan múltiples actores como la UBPD, entidades forenses, organizaciones sociales y, de manera fundamental, las familias y personas buscadoras, quienes aportan información clave y sostienen los procesos de memoria. Organizaciones como la COFB también han contribuido a fortalecer este enfoque desde el acompañamiento a víctimas y la documentación de casos. Puedes conocer más sobre su trabajo aquí: https://cofb.org.co/
Mini serie documental: El legado de la búsqueda en el Meta
Aprendizajes, resultados y expectativas
La búsqueda es deber de todos y todas
Todo lo adelantado a lo largo de este proceso evidencia que la búsqueda de personas dadas por desaparecidas en Colombia no es únicamente una labor institucional o técnica, sino un esfuerzo profundamente humano que se construye desde la articulación entre comunidades, organizaciones sociales e instituciones.
En la Escuela de Comunicación Popular y Búsqueda, la integración de herramientas como el audiovisual, la radio y la fotografía aportaron a la construcción de narrativas más sensibles y responsables, capaces de visibilizar la desaparición sin revictimizar, y de dignificar tanto a quienes son buscados como a sus familias.
Estos espacios también dejaron como aprendizaje central la necesidad de humanizar procesos que suelen percibirse como lejanos o técnicos, reconociendo que detrás de cada dato, cada registro y cada hallazgo hay historias de vida, vínculos y búsquedas que persisten en el tiempo. Asimismo, evidenciaron la importancia de generar confianza, acercar la información a contextos cotidianos y abrir escenarios donde las víctimas puedan participar activamente.
En conjunto, este proceso aporta a la búsqueda no solo desde lo operativo, sino también desde lo simbólico, fortaleciendo el tejido social, promoviendo la memoria y posicionando la comunicación como una herramienta clave para acompañar, visibilizar y dignificar. En un país donde miles de familias continúan buscando, estas acciones contribuyen a que la búsqueda deje de ser un camino solitario y se convierta en una responsabilidad compartida.
En la Escuela de Comunicación Popular y Búsqueda, la integración de herramientas como el audiovisual, la radio y la fotografía aportaron a la construcción de narrativas más sensibles y responsables, capaces de visibilizar la desaparición sin revictimizar, y de dignificar tanto a quienes son buscados como a sus familias.
Estos espacios también dejaron como aprendizaje central la necesidad de humanizar procesos que suelen percibirse como lejanos o técnicos, reconociendo que detrás de cada dato, cada registro y cada hallazgo hay historias de vida, vínculos y búsquedas que persisten en el tiempo. Asimismo, evidenciaron la importancia de generar confianza, acercar la información a contextos cotidianos y abrir escenarios donde las víctimas puedan participar activamente.
En conjunto, este proceso aporta a la búsqueda no solo desde lo operativo, sino también desde lo simbólico, fortaleciendo el tejido social, promoviendo la memoria y posicionando la comunicación como una herramienta clave para acompañar, visibilizar y dignificar. En un país donde miles de familias continúan buscando, estas acciones contribuyen a que la búsqueda deje de ser un camino solitario y se convierta en una responsabilidad compartida.
¿Quieres aportar a la búsqueda?
Contacto de UBPD:
Canales oficiales de atención
Línea Nacional: 018000-162226
Celular: (+57) 3162783918
Fijo Bogotá: (+57) 601 9199400
Correo electrónico: servicioalciudadano@unidadbusqueda.gov.co
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Contacto de COFB:
Celular: (+57) 3105168954
(+57) 3134981859
Correo electrónico: info@cofb.org.co
El Cuarto Mosquetero
Grupo de WhatsApp para la Red Comunitaria de Búsqueda y Memoria (Se difunde acciones comunitarias de búsqueda, memoria y reconocimiento procesos territoriales)
Y agregar enlace para que las personas se unan:
Abre este enlace para unirte a mi grupo de WhatsApp:
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El Cuarto Mosquetero
Grupo de WhatsApp para la Red Comunitaria de Búsqueda y Memoria (Se difunde acciones comunitarias de búsqueda, memoria y reconocimiento procesos territoriales)
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Co-creación: Festival Itinerante de Cine Comunitario Güejari, MOVICE Capítulo Meta, Colectivo Sociojuridico Orlando Fals Borda COFB, Radio Nacional, Henry Gustavo Bejarano y Gabriel Moreno
Créditos
Micrositio
Dirección: Yolima García / Edición: Lina Álvarez / Redacción e investigación: Shirley Forero, Yolima García, Jessica Barrero y Deisy Tividor / Diagramación web: Didier Álvarez
Fotografías y reels cocreados
Juliana Baquero – Doris Criollos – Paola Calle- Marina Sanmiguel – Dalia Castaño – Bayron Vargas – Ángel Rios – Breyson Garzón – Phill Anderson Rivera – Shirley Forero – Jorge Luis Sanchez – Bretzy Moreno – Bayron Vargas – Henry Gustavo Bejarano – Moises Meza – Gabriel Moreno – Andres Felipe Forero – Alejandro Uchima
Micrositio
Dirección: Yolima García / Edición: Lina Álvarez / Redacción e investigación: Shirley Forero, Yolima García, Jessica Barrero y Deisy Tividor / Diagramación web: Didier Álvarez
Fotografías y reels cocreados
Juliana Baquero – Doris Criollos – Paola Calle- Marina Sanmiguel – Dalia Castaño – Bayron Vargas – Ángel Rios – Breyson Garzón – Phill Anderson Rivera – Shirley Forero – Jorge Luis Sanchez – Bretzy Moreno – Bayron Vargas – Henry Gustavo Bejarano – Moises Meza – Gabriel Moreno – Andres Felipe Forero – Alejandro Uchima























